Esta tarde de domingo la lluvia cae sobre Saltillo con esa melancolía que solamente tienen las tardes que parecen hechas para recordar. Suena “Passion”, de Rod Stewart, mientras tomo un buen café vespertino, y de pronto el tiempo se regresa. Me lleva al viejo Bar Dublín, en la calle de Zaragoza, dentro del edificio Purcell. Hay lugares que no desaparecen aunque cierren sus puertas; se quedan viviendo en nuestra memoria, acompañados por una canción, una voz, una copa o una conversación. Y hoy, con la lluvia golpeando las ventanas, Rod Stewart vuelve a ponerle música a aquellos recuerdos.
Rod Stewart es de Londres, Inglaterra, pero su música siempre pareció pertenecer a todas partes. Al rock le puso elegancia; al blues, sentimiento; al soul, pasión; y a las baladas, esa voz áspera y quebrada que parecía venir de una noche larga. No fue un cantante de laboratorio ni una voz fabricada para sonar perfecta. Rod Stewart cantaba como viven los verdaderos rockeros: con cicatrices, pasión y libertad. Su estilo recorrió el rock, el blues, el folk, el soul y el pop, pero nunca perdió su identidad.
Y entonces aparecen los clásicos: “Maggie May”, “Sailing”, “Da Ya Think I'm Sexy?”, “Tonight's the Night”, “You're in My Heart”, “I Don't Want to Talk About It”, “Young Turks”, “Forever Young” y “Passion”. Canciones que han acompañado generaciones y que, de alguna manera, tienen la extraña virtud de envejecer con nosotros. Porque uno escucha una canción a los veinte años y la entiende de una manera; vuelve a escucharla décadas después y descubre que la canción era la misma, pero uno ya no es el mismo.
Eso es lo maravilloso del rock. No solamente se escucha: se vive. Rod Stewart nos recuerda que también hay que saber disfrutar el camino, celebrar una noche, enamorarse, equivocarse, volver a empezar y brindar por los recuerdos. Su música tiene algo de carretera, de bar, de madrugada, de amor perdido y de juventud que se fue sin pedir permiso. Pero también tiene alegría. Porque incluso la nostalgia puede ser una forma de celebrar que estuvimos ahí.
Quizá por eso, después de tantos años, nadie ha podido superar el estilo de Rod Stewart. Podrán existir grandes voces, grandes músicos y extraordinarios intérpretes, pero esa combinación de rock, blues, soul, elegancia y actitud pertenece solamente a él. Rod Stewart no necesita demostrar que es una leyenda; basta con que suene una canción para que aparezca el recuerdo.
Y aquí estoy, en esta tarde lluviosa de domingo, con mi café, escuchando “Passion” y viajando sin moverme de mi silla. Regreso por un instante al Dublín, al edificio Purcell, a la calle Zaragoza y a aquellos años en que la música parecía tener más tiempo para nosotros.
Porque algunas canciones no envejecen. Envejecemos nosotros.
Y cuando vuelve a sonar Rod Stewart, el rock nos recuerda que todavía estamos vivos.
" El Señor es mi Pastos, el Blues mi Religión. Hermanos el Blues sea con ustedes" JBR

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