El domingo siempre ha tenido un sabor diferente. Es ese día en que la semana parece bajar el ritmo y la vida nos permite sentarnos un momento para escuchar nuestros propios pensamientos. En mi memoria, los domingos tienen una música especial, y esa música viene acompañada por en el 104.9 del cuadrante en FM, una estación que, a través de sus melodías de jazz e instrumental, sabía convertir las mañanas en un espacio de tranquilidad, recuerdos y reflexión. No era solamente prender la radio; era entrar en otro ambiente, uno donde el tiempo parecía caminar más despacio.
Había algo especial en escuchar XEKS los domingos. Mientras afuera comenzaba el movimiento de la ciudad, dentro de casa podía escucharse un saxofón, un piano, una trompeta o una orquesta interpretando esas melodías que no necesitaban palabras para decirnos algo. Era música para acompañar el café, para mirar por la ventana, para recordar a quienes habían pasado por nuestra vida y para pensar un poco en lo que estábamos haciendo con nuestros propios días. El jazz y la música instrumental tenían esa virtud de no imponer sentimientos: cada quien encontraba dentro de ellos su propia historia.
El domingo también era un día para la memoria. Quizá porque la tranquilidad nos permite recordar con mayor claridad. Las melodías deXEKS podían llevarnos muchos años atrás: a la familia, a los amigos, a las reuniones, a aquellos domingos que hoy parecen tan lejanos. Y entonces uno comprende que la radio no solamente transmitía música; transmitía momentos. Algunas canciones quedaron ligadas para siempre a una época de nuestra vida, y cuando volvemos a escucharlas, es como si una puerta se abriera nuevamente hacia el pasado.
Pero había algo más profundo en aquella música. El jazz nos enseñaba, sin decirlo, que la vida también puede ser improvisación. Que no todo tiene que estar perfectamente escrito y que, aun cuando las cosas cambian de rumbo, podemos encontrar una nueva melodía. Cada instrumento tenía su propio espacio, pero todos aprendían a escucharse. Quizá ahí encontramos una pequeña lección para nuestra propia convivencia: la armonía no significa que todos toquemos la misma nota, sino que aprendamos a respetar la nota del otro.
Por eso pienso que aquellos domingos de XEKS tenían también un mensaje de paz. En una época en la que muchas veces vivimos rodeados de ruido, discusiones y prisas, sentarse a escuchar música instrumental era una forma sencilla de recuperar la serenidad. No hacía falta tener grandes respuestas. Bastaba con dejar que la música llenara la habitación y permitiera que nuestros pensamientos encontraran su propio camino.
Hoy los domingos siguen llegando, pero muchas cosas han cambiado. La tecnología nos mantiene conectados permanentemente y el silencio parece haberse convertido en algo extraño. Sin embargo, todavía podemos recuperar aquel espíritu: apagar un poco el ruido, poner una buena melodía y permitirnos unos minutos de verdadera calma. Porque quizá eso era lo que XEKS nos regalaba: un espacio para escuchar música, pero también para escucharnos a nosotros mismos.
Y así entiendo el “Domingo, séptimo día de XEKS”: como una pausa en el camino. Un momento para agradecer lo vivido, recordar a quienes queremos, reconciliarnos con nuestros recuerdos y mirar hacia la nueva semana con un poco más de serenidad. Porque el domingo no solamente marca el final de una semana; también nos ofrece la oportunidad de comenzar otra con el corazón más tranquilo.
Y cuando el último acorde del jazz se pierde lentamente en el silencio, queda algo más que una canción: queda el recuerdo de un domingo, de una época y de una radio que nos enseñó que, a veces, la mejor manera de encontrar la paz es simplemente sentarnos, escuchar y dejar que la música nos acompañe






