domingo, 25 de octubre de 2026

Carlos Arnoldo “Nono” Zaldívar Herrera: El Hendrix Mexicano, del rock a la evangelizacipon

 


En la historia del rock mexicano existen músicos que dejaron huella no solamente por su talento, sino también por atreverse a abrir caminos y vivir experiencias que fueron más allá de los escenarios. Uno de ellos fue Carlos Arnoldo “Nono” Zaldívar Herrera, conocido como “El Hendrix Mexicano”, guitarrista, cantante y compositor que destacó a finales de los años sesenta y principios de los setenta, cuando el rock nacional comenzaba a buscar una identidad propia.

Nono formó parte de La Máquina del Sonido, agrupación con la que participó en una época en la que muchos conjuntos mexicanos interpretaban principalmente versiones de éxitos extranjeros. Su inquietud musical lo llevó posteriormente a dirigir a El Epílogo, banda que contribuyó al desarrollo del rock original en español. Su participación en el histórico Festival de Rock y Ruedas de Avándaro, en septiembre de 1971, lo vinculó con uno de los acontecimientos más recordados de la historia del rock en México.

Su trayectoria también estuvo relacionada con el teatro. En 1969 participó en el ambiente musical de la obra Hair, en Acapulco, junto con Shakes Hair Co., y posteriormente formó parte del grupo Sacrosaurio. Su manera de tocar la guitarra, su acercamiento al blues y su interés por la psicodelia le dieron un lugar entre aquellos músicos que buscaban nuevas formas de expresión en una época de grandes cambios culturales y sociales.

Sin embargo, la historia de Nono Zaldívar no se limita a la música. Durante las décadas de los setenta y ochenta, también dedicó parte de su vida a una misión espiritual como misionero del Movimiento de la Familia Cristiana. De acuerdo con la información compartida sobre su trayectoria, recorrió distintos lugares de Sudamérica, Oriente y México, llevando un mensaje de evangelización y compartiendo su fe con diversas comunidades.

Este aspecto de su vida nos permite conocer otra dimensión de su personalidad. El músico que había encontrado en la guitarra una forma de expresión también asumió el compromiso de transmitir sus convicciones religiosas. Su experiencia representa una historia de contrastes y encuentros entre dos mundos que, aunque parecen distintos, pueden tener algo en común: la capacidad de comunicar, despertar emociones y acercarse a las personas.

El rock y la evangelización utilizan lenguajes diferentes, pero ambos pueden convertirse en medios para transmitir ideas, compartir experiencias y dejar una huella en quienes los escuchan. En el caso de Nono, su recorrido por los escenarios y su labor misionera forman parte de una historia que merece ser recordada desde sus distintas facetas.

Hablar de Carlos Arnoldo “Nono” Zaldívar Herrera es reconocer a un músico que participó en una etapa importante del rock mexicano y a un hombre que, posteriormente, dedicó parte de su camino a compartir su fe más allá de las fronteras. Su vida nos invita a mirar a los artistas no solamente por lo que hicieron frente al público, sino también por las decisiones, convicciones y experiencias que marcaron su existencia.

Porque detrás de una guitarra puede existir una historia mucho más profunda que la música: la historia de un hombre que recorrió distintos caminos, desde el rock hasta la misión evangelizadora, buscando comunicar aquello en lo que creía

sábado, 24 de octubre de 2026

Fantasy: un viaje a la imaginación y a las emociones con Earth, Wind & Fire

 


Hay canciones que no solamente se escuchan, sino que también se sienten. Algunas nos hacen recordar una época de nuestra vida; otras nos invitan a bailar, y unas cuantas tienen la capacidad de transportarnos a un mundo imaginario donde la música, la emoción y los sueños parecen caminar juntos. Ese es el caso de Fantasy, una de las canciones más emblemáticas de Earth, Wind & Fire, agrupación estadounidense que dejó una huella profunda en la música popular de los años setenta y que convirtió el funk, el soul, el disco y el R&B en una experiencia llena de energía, elegancia y espiritualidad.

Hablar de Fantasy es recordar una época en la que la música tenía una fuerza especial para reunir a las personas. Su sonido nos invita a mirar más allá de lo cotidiano y a dejarnos llevar por una melodía que despierta la imaginación, la alegría y esa emoción difícil de explicar que sentimos cuando una canción parece hablarnos directamente al corazón.

Los antecedentes de Earth, Wind & Fire

Earth, Wind & Fire nació en Chicago, Illinois, en 1969, bajo el liderazgo del músico y compositor Maurice White, un artista que tuvo la visión de crear una agrupación capaz de combinar diferentes géneros musicales en un estilo propio. Su propuesta reunió elementos del jazz, el funk, el soul, el R&B, la música disco y los sonidos africanos, con arreglos de metales, percusiones, voces armonizadas y una extraordinaria fuerza rítmica.

La banda se distinguió no solamente por su calidad musical, sino también por sus presentaciones llenas de color, coreografías y una energía que contagiaba al público. El nombre del grupo, que en español significa Tierra, Viento y Fuego, refleja una identidad artística que parece reunir los elementos de la naturaleza con la fuerza de la música.

Entre sus integrantes y colaboradores más reconocidos se encuentran Maurice White, fundador y principal arquitecto musical; Philip Bailey, con su inconfundible voz aguda; Verdine White, destacado bajista; Ralph Johnson, percusionista y cantante; Larry Dunn, tecladista; Al McKay, guitarrista y compositor, y Andrew Woolfolk, saxofonista. A lo largo de su historia también participaron otros músicos importantes que contribuyeron a consolidar su sonido.

Su trayectoria dio como resultado una serie de éxitos que todavía forman parte de la memoria colectiva de varias generaciones. Canciones como September, Shining Star, Boogie Wonderland, Let's Groove, Reasons y After the Love Has Gone muestran la versatilidad de una banda que supo combinar el ritmo bailable con la sensibilidad romántica y la excelencia instrumental.

Sin embargo, entre todas esas canciones hay una que merece una atención especial por su carácter imaginativo, su riqueza musical y la emoción que transmite: Fantasy.

Fantasy: el mensaje de una canción que toca el corazón

Fantasy apareció en el álbum All ’N All, publicado en noviembre de 1977. Fue escrita por Maurice White, Verdine White y Eddie del Barrio, y su lanzamiento como sencillo llegó en 1978. Desde sus primeros acordes, la canción nos introduce en un ambiente musical extraordinario, donde las voces, los teclados, las percusiones y los arreglos instrumentales se combinan para crear una atmósfera que parece venir de otro mundo.

Pero lo más interesante de Fantasy no es solamente su calidad musical. Detrás de su ritmo existe un mensaje que invita a reflexionar sobre la necesidad humana de conservar los sueños y encontrar un espacio interior donde podamos sentirnos libres.

Maurice White explicó que la canción surgió de la idea de escapar de un mundo injusto, egoísta y envidioso, para encontrar un lugar imaginario que pudiera compartirse con los demás. En ese sentido, Fantasy no habla únicamente de una fantasía romántica, sino de la posibilidad de imaginar una realidad diferente, menos dominada por las preocupaciones y las actitudes negativas que muchas veces encontramos en la vida cotidiana.

Esta interpretación me parece especialmente emotiva porque todos, en algún momento de nuestra vida, necesitamos un refugio. Puede ser la música que escuchábamos durante nuestra juventud, los recuerdos de una persona querida, una amistad que permanece a pesar del tiempo o simplemente esos momentos en los que cerramos los ojos y dejamos que una melodía nos lleve a un lugar donde nos sentimos tranquilos.

La fuerza de Fantasy está precisamente en esa capacidad de despertar emociones sin necesidad de recurrir a una historia complicada. Su melodía tiene algo de misterioso, de elegante y de esperanzador. La voz de Philip Bailey, con sus registros agudos y expresivos, aporta una sensibilidad especial que contrasta con la fuerza rítmica de la agrupación. El resultado es una canción que nos hace mover los pies, pero también nos invita a soñar.

Hay algo que me llama particularmente la atención: la canción consigue unir dos sentimientos que parecen distintos. Por una parte, nos ofrece alegría, movimiento y ganas de bailar; por otra, nos recuerda que dentro de cada persona existe un mundo íntimo que nadie puede conocer por completo. Ahí guardamos nuestras ilusiones, nuestras nostalgias, los amores que recordamos y los proyectos que todavía deseamos realizar.

En ocasiones, la vida nos obliga a enfrentar decepciones, conflictos y dificultades que parecen alejarnos de aquello que alguna vez imaginamos. Sin embargo, canciones como Fantasy nos recuerdan que no debemos renunciar a nuestra capacidad de soñar. La imaginación no resuelve por sí sola los problemas, pero puede ayudarnos a recuperar el ánimo, encontrar nuevas perspectivas y recordar que la realidad también puede transformarse cuando conservamos la esperanza.

Por eso considero que Fantasy tiene un mensaje que va más allá de su época. Aunque nació en los años setenta, conserva una sensibilidad que sigue siendo actual. Vivimos en un mundo acelerado, donde muchas veces se da más importancia a lo material, a la competencia y a las apariencias que a la tranquilidad interior. Frente a esa realidad, la música nos ofrece un espacio para detenernos, respirar y recordar aquellas cosas sencillas que verdaderamente nos hacen felices.

Una canción que permanece en la memoria

Para quienes disfrutamos del rock, el soul, el funk y la música de aquella época, Fantasy representa algo más que un éxito de Earth, Wind & Fire. Es una invitación a recordar que la música puede acompañarnos en distintas etapas de la vida y que una buena canción no envejece cuando conserva la capacidad de emocionarnos.

A mí me gusta pensar que cada persona tiene su propia Fantasy: un recuerdo, un sueño, un lugar o una ilusión que le permite mirar la vida con otros ojos. No todos imaginamos lo mismo, pero todos necesitamos algo que nos motive a seguir adelante y que nos recuerde que todavía existen razones para sonreír.

Earth, Wind & Fire logró convertir esa idea en una experiencia musical llena de sensibilidad y energía. La agrupación no solamente nos dejó canciones para bailar, sino también composiciones que nos invitan a sentir, recordar e imaginar. Y eso es lo que distingue a los grandes músicos: su capacidad para crear obras que continúan acompañándonos mucho después de haber sido grabadas.

Al final, Fantasy nos deja una reflexión sencilla, pero profunda: soñar no significa darle la espalda a la realidad; significa conservar la capacidad de imaginar que la vida puede ser mejor.

Quizá por eso, cuando volvemos a escuchar sus primeros acordes, no solamente escuchamos una canción de los años setenta. También recuperamos una parte de nosotros mismos, una emoción que creíamos olvidada y esa sensación maravillosa de que, por unos minutos, la música puede abrirnos las puertas de un mundo lleno de imaginación, alegría y esperanza.

Y cuando una canción consigue eso, deja de ser solamente música para convertirse en parte de nuestra propia historia.

 "El señor es mi  pastor, el Blues mi religión.... Hermanos el Blues sea con Ustedes" JBR

 

 

sábado, 10 de octubre de 2026

Wes Jeans. Otro Blues Texano

 

Wes Jeans: otro blues texano



Hablar de Wes Jeans es entrar nuevamente en ese territorio donde el blues deja de ser solamente música y se convierte en una manera de contar la vida. Nacido en 1981 en Marshall, Texas, Wes Jeans creció en una región marcada por las raíces del blues, el rock, el country y esa particular cultura musical del este de Texas. Desde muy joven encontró en la guitarra el instrumento que habría de acompañarlo durante toda su vida, convirtiéndose con los años en uno de los guitarristas que mantienen viva la tradición del blues texano.

Su encuentro con la guitarra tiene una historia que refleja, de alguna manera, el espíritu rebelde y espontáneo del blues. A los 15 años, mientras estaba castigado en su habitación, encontró en un clóset una vieja guitarra que solamente conservaba tres cuerdas. En lugar de verla como un instrumento inservible, comenzó a experimentar con ella y aprendió a tocar el riff de “Sunshine of Your Love” de Cream. Aquella guitarra incompleta terminó siendo el principio de una historia musical que apenas comenzaba.

A esa misma edad llegó una experiencia que marcaría su trayectoria. En 1996, cuando tenía 15 años, participó en el Concurso Internacional Jimi Hendrix en Austin, donde obtuvo el segundo lugar entre alrededor de 1,500 guitarristas. Aquel reconocimiento confirmó que aquel joven de Marshall, Texas, tenía algo especial entre las manos. Su talento comenzó a llamar la atención y, poco después, empezó a tocar profesionalmente en clubes de la región de Ark-La-Tex.

A los 17 años, Wes Jeans ya se encontraba trabajando como músico profesional. El muchacho que había comenzado con una guitarra de tres cuerdas estaba entrando de lleno en el mundo del blues. En 1999 firmó con Ice House Records, de Memphis, y al año siguiente apareció su primer álbum, Hands On, publicado en 2000. El disco llegó al número 26 de la National Blues Chart y abrió una nueva etapa en su carrera.

Pero lo interesante de Wes Jeans no está solamente en las fechas o en los discos. Está en la manera en que fue construyendo su propio sonido. Su guitarra recoge la tradición del Texas blues, pero también incorpora elementos del rock y otras raíces musicales estadounidenses. Es una guitarra que puede sonar fuerte, áspera y directa, pero que también sabe detenerse para dejar que una nota diga lo que muchas palabras no pueden expresar.

Con el paso de los años, su carrera fue creciendo y llegaron nuevas grabaciones. En 2006 publicó Forest of the Pine, y posteriormente apareció Live at Music City Texas, registrado en un concierto en Linden, Texas. Su trayectoria también lo llevó a compartir escenarios con importantes figuras del blues y del rock, entre ellas B.B. King, Buddy Guy, Jimmie Vaughan, Billy Gibbons, Eric Johnson, Robert Cray, Kenny Wayne Shepherd y Joe Bonamassa. En 2004, además, Guitar Player Magazine lo incluyó entre sus “Young Gun Guitar Players”, después de una votación de sus lectores.

Toda esa historia nos permite entender mejor al músico que tenemos frente a nosotros. Wes Jeans no llegó al blues desde una fórmula académica; llegó desde la curiosidad, desde una guitarra vieja y desde las ganas de descubrir qué podía hacer con ella. Tal vez por eso su música conserva algo auténtico: esa sensación de que detrás de cada acorde hay una experiencia, un camino recorrido y una necesidad de expresarse.

El blues texano tiene precisamente esa característica. Lleva consigo el polvo de las carreteras, el calor de las ciudades del sur, las noches largas y esa mezcla de tristeza y esperanza que solamente la vida puede enseñar. El blues nunca ha necesitado fingir que todo está bien. Habla de las pérdidas, de los amores, de las dificultades, de la soledad y de la necesidad de levantarse al día siguiente. Wes Jeans entiende esa tradición y la convierte en una expresión propia.

Hay algo que particularmente me gusta del blues: no es música que se avergüence de sus heridas. Al contrario, las convierte en canciones. Y quizá ahí está una de sus mayores enseñanzas. La vida nos golpea, nos cambia los planes y algunas veces nos obliga a comenzar nuevamente. El blues no elimina esas dificultades, pero nos recuerda que podemos transformarlas en algo distinto. Una guitarra puede convertir una tristeza en una melodía y una experiencia difícil en una historia que alguien más pueda escuchar.

Para quienes crecimos escuchando rock, regresar al blues es también regresar a las raíces. Antes de los grandes escenarios, de las luces y de las enormes producciones, había un músico con una guitarra contando una historia. De esa raíz nació buena parte del rock que conocemos y amamos. Por eso escuchar a Wes Jeans es también reconocer que el blues sigue vivo y que todavía existen guitarristas dispuestos a mantener encendida esa vieja llama.

Wes Jeans representa para mí otro blues texano: el de una guitarra que no necesita pedir permiso para hablar. El de un músico que comenzó con tres cuerdas y terminó haciendo de la guitarra una forma de vida. El de una tradición que cruza generaciones y que sigue encontrando nuevos caminos sin perder su esencia.

Al final, el blues no nos promete una vida fácil. Nos ofrece algo más sencillo y quizá más valioso: compañía. Una guitarra puede acompañarnos cuando estamos alegres, pero también cuando llevamos alguna tristeza guardada. Y cuando Wes Jeans deja que sus seis cuerdas hablen, uno entiende que el blues no nació solamente para lamentarse, sino también para sobrevivir, resistir y continuar caminando.

Porque eso es el blues: convertir las heridas en canciones, los caminos en historias y la tristeza en una razón más para seguir adelante. Y mientras exista una guitarra texana dispuesta a hablar, el blues seguirá teniendo algo que decirnos.

 "El señor es mi  pastor, el Blues mi religión.... Hermanos el Blues sea con Ustedes" JBR

 



domingo, 27 de septiembre de 2026

Domingo, séptimo día de XEKS, LA voZ del tiempo.

 

Con Admiración al Matrimonio de la Sra Raquel y Don Jesús
López Castro, por un aniversario más de la XEKS

 

El domingo siempre ha tenido un sabor diferente. Es ese día en que la semana parece bajar el ritmo y la vida nos permite sentarnos un momento para escuchar nuestros propios pensamientos. En mi memoria, los domingos tienen una música especial, y esa música viene acompañada por   en el 104.9 del cuadrante  en FM, una estación que, a través de sus melodías de jazz e instrumental, sabía convertir las mañanas en un espacio de tranquilidad, recuerdos y reflexión. No era solamente prender la radio; era entrar en otro ambiente, uno donde el tiempo parecía caminar más despacio.

Había algo especial en escuchar XEKS los domingos. Mientras afuera comenzaba el movimiento de la ciudad, dentro de casa podía escucharse un saxofón, un piano, una trompeta o una orquesta interpretando esas melodías que no necesitaban palabras para decirnos algo. Era música para acompañar el café, para mirar por la ventana, para recordar a quienes habían pasado por nuestra vida y para pensar un poco en lo que estábamos haciendo con nuestros propios días. El jazz y la música instrumental tenían esa virtud de no imponer sentimientos: cada quien encontraba dentro de ellos su propia historia.

El domingo también era un día para la memoria. Quizá porque la tranquilidad nos permite recordar con mayor claridad. Las melodías deXEKS podían llevarnos muchos años atrás: a la familia, a los amigos, a las reuniones, a aquellos domingos que hoy parecen tan lejanos. Y entonces uno comprende que la radio no solamente transmitía música; transmitía momentos. Algunas canciones quedaron ligadas para siempre a una época de nuestra vida, y cuando volvemos a escucharlas, es como si una puerta se abriera nuevamente hacia el pasado.

Pero había algo más profundo en aquella música. El jazz nos enseñaba, sin decirlo, que la vida también puede ser improvisación. Que no todo tiene que estar perfectamente escrito y que, aun cuando las cosas cambian de rumbo, podemos encontrar una nueva melodía. Cada instrumento tenía su propio espacio, pero todos aprendían a escucharse. Quizá ahí encontramos una pequeña lección para nuestra propia convivencia: la armonía no significa que todos toquemos la misma nota, sino que aprendamos a respetar la nota del otro.

Por eso pienso que aquellos domingos de XEKS tenían también un mensaje de paz. En una época en la que muchas veces vivimos rodeados de ruido, discusiones y prisas, sentarse a escuchar música instrumental era una forma sencilla de recuperar la serenidad. No hacía falta tener grandes respuestas. Bastaba con dejar que la música llenara la habitación y permitiera que nuestros pensamientos encontraran su propio camino.

Hoy los domingos siguen llegando, pero muchas cosas han cambiado. La tecnología nos mantiene conectados permanentemente y el silencio parece haberse convertido en algo extraño. Sin embargo, todavía podemos recuperar aquel espíritu: apagar un poco el ruido, poner una buena melodía y permitirnos unos minutos de verdadera calma. Porque quizá eso era lo que XEKS nos regalaba: un espacio para escuchar música, pero también para escucharnos a nosotros mismos.

Y así entiendo el “Domingo, séptimo día de XEKS”: como una pausa en el camino. Un momento para agradecer lo vivido, recordar a quienes queremos, reconciliarnos con nuestros recuerdos y mirar hacia la nueva semana con un poco más de serenidad. Porque el domingo no solamente marca el final de una semana; también nos ofrece la oportunidad de comenzar otra con el corazón más tranquilo.

Y cuando el último acorde del jazz se pierde lentamente en el silencio, queda algo más que una canción: queda el recuerdo de un domingo, de una época y de una radio que nos enseñó que, a veces, la mejor manera de encontrar la paz es simplemente sentarnos, escuchar y dejar que la música nos acompañe

sábado, 26 de septiembre de 2026

DEF LEPPARD: CUANDO EL ROCK TAMBIÉN HABLA DE FRATERNIDAD


Hablar de Def Leppard es hablar de una banda que nació con la fuerza del rock británico, pero que con los años terminó convirtiéndose en algo mucho más grande: una historia de amistad, resistencia y fraternidad entre músicos que aprendieron que el escenario no solamente sirve para tocar fuerte, sino también para compartir emociones y acompañarse en los momentos difíciles. Originarios de Sheffield, Inglaterra, y surgidos a finales de los años setenta, Def Leppard formó parte de aquella generación de músicos que le dieron nueva vida al hard rock y al heavy metal. Desde sus primeros pasos estuvieron Joe Elliott en la voz, Rick Savage en el bajo, Pete Willis en la guitarra y Tony Kenning en la batería, incorporándose posteriormente Rick Allen y otros músicos que terminarían dando forma a la identidad definitiva de la banda.

Pero la historia de Def Leppard tiene algo que para la raza rockera resulta todavía más importante que sus discos: la manera en que sus integrantes estuvieron juntos cuando la vida les puso una prueba muy dura enfrente. Rick Allen, su baterista, sufrió en 1984 un terrible accidente automovilístico que le hizo perder el brazo izquierdo. Para muchos, aquello habría significado el final de una carrera musical. Sin embargo, Allen decidió regresar a la batería y, con el apoyo de sus compañeros, desarrolló una manera diferente de tocar. Y ahí aparece una enseñanza que va más allá del rock: cuando una persona cae, la verdadera amistad no consiste en darle la espalda, sino en buscar la manera de ayudarla a levantarse. Esa historia convirtió a Def Leppard en algo más que una banda; mostró que la fraternidad también puede ser una forma de resistencia.

Musicalmente, Def Leppard encontró una manera muy particular de hacer rock. Tenía guitarras pesadas, baterías contundentes y esa energía característica del heavy metal, pero también tenía melodías, armonías vocales y coros que podían ser cantados por miles de personas. Con Pyromania, en 1983, la banda comenzó a ocupar un lugar importante dentro del rock internacional, y posteriormente Hysteria, de 1987, terminó de convertirlos en una de las grandes agrupaciones del rock de estadio. Canciones como “Photograph”, “Rock of Ages”, “Foolin’”, “Pour Some Sugar on Me”, “Love Bites”, “Animal” y “Hysteria” se quedaron en la memoria de varias generaciones. Y eso es algo que nosotros, los que hemos vivido el rock, entendemos muy bien: hay canciones que no solamente se escuchan, sino que nos recuerdan una época, unos amigos, una reunión, una carretera, un amor o simplemente aquellos años en que la vida parecía tener otra velocidad.

Y hablando de la raza rockera, hay algo que siempre me ha llamado la atención: el rock, a pesar de su imagen rebelde, muchas veces ha sido un espacio de encuentro. En una tocada se juntan personas diferentes, con historias diferentes y maneras diferentes de pensar, pero durante unas horas todos pueden compartir una misma canción. Esa es una de las razones por las que considero que el rock también puede tener un mensaje pacifista. No necesitamos pensar igual para compartir una guitarra, un ritmo o un coro. Def Leppard representa justamente esa posibilidad de hacer de la música un punto de encuentro. Sus grandes canciones fueron hechas para cantarse juntos, y cuando miles de voces se unen en un concierto, desaparecen por un momento muchas de las diferencias que normalmente nos separan.

También está el legado de sus integrantes. Joe Elliott, con su característica voz; Rick Savage, sosteniendo las bases del bajo; Phil Collen y Vivian Campbell aportando el sonido de las guitarras; y Rick Allen, convertido en ejemplo de perseverancia detrás de la batería. A ellos se suma la memoria de Steve Clark, guitarrista fundamental de la etapa clásica de la banda, cuya muerte en 1991 marcó profundamente la historia del grupo. Def Leppard tuvo que aprender nuevamente que una banda, como cualquier familia o grupo de amigos, también atraviesa pérdidas. Sin embargo, continuaron haciendo música. Y continuar no significa olvidar a quienes ya no están; muchas veces significa llevar su memoria contigo y permitir que siga formando parte de la historia.

Por eso, cuando pienso en el aporte de Def Leppard al rock, no lo veo únicamente en sus millones de discos vendidos, en sus premios o en sus grandes escenarios. Su aportación también está en haber demostrado que la fuerza y la sensibilidad pueden caminar juntas. El rock puede tener guitarras poderosas y, al mismo tiempo, hablarle al corazón. Puede ser rebelde sin tener que ser violento. Puede cuestionar al mundo sin necesariamente destruirlo. Y puede reunir a personas diferentes alrededor de una misma pasión. Esa es, para mí, una de las mejores caras del rock: la que construye comunidad en lugar de levantar muros.

Def Leppard pertenece a esa generación que nos enseñó que el rock no es solamente volumen, guitarras y batería. El rock también es memoria, amistad, resistencia y fraternidad. Y quizá por eso, después de tantos años, cuando suena “Pour Some Sugar on Me”, “Photograph” o “Rock of Ages”, no solamente escuchamos a una banda inglesa de Sheffield. Escuchamos una parte de nuestra propia historia, porque cada generación de rockeros tiene sus canciones, sus lugares, sus amigos y sus recuerdos.

 Al final, me quedo con una idea: el verdadero espíritu del rock no está en quién grita más fuerte, sino en quién permanece cuando los demás se van. Def Leppard me recuerda que una banda también puede ser una familia, que un compañero puede convertirse en fuerza cuando uno ya no la encuentra y que levantarse después de una caída también puede convertirse en música. Por eso, para mí, el rock nunca ha sido solamente rebeldía; también es fraternidad, memoria y una manera de decirle al mundo que podemos ser diferentes sin convertir nuestras diferencias en enemigos. Que suenen las guitarras, que golpee la batería y que cante la raza; pero que al final de cada canción quede algo más importante que el ruido: el respeto por el otro, la mano tendida al que cae y la voluntad de seguir caminando juntos. Porque mientras haya rock, habrá memoria; mientras haya fraternidad, habrá esperanza; y mientras tengamos la capacidad de escucharnos, todavía podremos construir un mundo donde la paz no sea solamente una canción, sino nuestra manera de vivir.

"El señor es mi  pastor, el Blues mi religión.... Hermanos el Blues sea con Ustedes" JBR

viernes, 18 de septiembre de 2026

Rock a través de los tiempos: la memoria sonora de Saltillo

 


 

El rock no es solamente un género musical. Es una manera de entender una época, una forma de expresar inconformidad, libertad, amistad y rebeldía. Desde sus raíces en el blues, el rhythm and blues y el rock and roll, hasta las múltiples expresiones que hoy conocemos, el rock ha acompañado a varias generaciones y se ha convertido en parte de la memoria cultural de muchas ciudades. En Saltillo, esa historia también tiene sus propios protagonistas, sus lugares, sus voces y, sobre todo, quienes se han encargado de mantener viva la memoria de quienes hicieron del rock una forma de vida.

Hablar de Mario Aguirre Cabello es hablar precisamente de esa memoria. Su nombre está ligado a uno de los primeros espacios radiofónicos dedicados al género en Saltillo: “Rock a través de los tiempos”, programa que operó en Radio Tecnológico. La propia historia oficial de Radio Tecnológico señala que, desde sus primeras etapas, la estación abrió espacios para géneros populares y que el programa de rock de Mario Aguirre formó parte de esa construcción histórica.

El título “Rock a través de los tiempos” resulta particularmente significativo. No se trataba simplemente de transmitir canciones; era, de alguna manera, recorrer la historia de una música que había nacido varias décadas atrás y que continuaba transformándose. Desde Elvis Presley, Chuck Berry, Little Richard y Buddy Holly, pasando por The Beatles, The Rolling Stones, The Who, Led Zeppelin, Pink Floyd y Deep Purple, hasta llegar al rock progresivo, al hard rock, al heavy metal, al punk y posteriormente al rock en español, cada generación encontró en el rock una voz propia.

En México, el rock también adquirió una identidad particular. No fue únicamente una copia de los sonidos provenientes de Estados Unidos o Inglaterra. Con el tiempo aparecieron grupos y músicos que construyeron una expresión propia. El rock se convirtió en lenguaje juvenil, en espacio de encuentro y también en una forma de cuestionar las costumbres establecidas. Para quienes lo vivimos desde Saltillo, las canciones no solamente pertenecen a los discos: están asociadas a calles, edificios, estaciones de radio, amigos, cafés, bares y conversaciones que forman parte de nuestra propia historia.

Y ahí aparece la importancia de Mario Aguirre Cabello como cronista del rock saltillense. Si el cronista de una ciudad conserva la memoria de sus acontecimientos, también puede existir una especie de cronista de una cultura musical: alguien que conoce sus protagonistas, recuerda sus canciones, identifica sus épocas y conserva las historias que difícilmente aparecen en los libros oficiales. En ese sentido, llamar a Mario Aguirre “el cronista de la Ciudad del Rock en Saltillo” es reconocer una labor de memoria y difusión cultural.

Saltillo tiene una tradición importante de conservar su memoria. El Archivo Municipal, por ejemplo, mantiene publicaciones, documentos y una hemeroteca destinada precisamente a preservar testimonios de la vida de la ciudad. Pero la memoria de una ciudad no solamente está en los documentos oficiales. También está en las voces de quienes vivieron sus épocas. Está en una canción escuchada en una vieja radio, en el nombre de un grupo, en un concierto, en un lugar que ya desapareció o en aquella persona que nos enseñó a escuchar determinada música.

Por eso, cuando hablamos de rock a través de los tiempos, hablamos también de nosotros mismos. Cada generación tiene su propia banda sonora. Algunos crecieron con el rock and roll; otros con The Beatles y The Rolling Stones; otros con Led Zeppelin, Black Sabbath, Queen o Pink Floyd; algunos más descubrieron posteriormente el rock en español. Las canciones cambian, pero permanece algo fundamental: la capacidad del rock para reunir a personas diferentes alrededor de una misma emoción.

En Saltillo, esa historia merece ser contada. Y nombres como el de Mario Aguirre Cabello forman parte de ella porque ayudaron a que el rock tuviera un espacio, una voz y una memoria. La historia del rock no solamente está escrita en las portadas de los discos o en las biografías de las grandes estrellas internacionales. También está en quienes, desde una cabina de radio, una colección de discos o una conversación entre amigos, se dedicaron a compartirlo.

El rock atraviesa los tiempos porque las generaciones pasan, pero las canciones permanecen. Y mientras exista alguien dispuesto a recordar quién puso aquella canción, quién la transmitió, quién la escuchó por primera vez y qué significó para una generación, el rock seguirá teniendo memoria.

Quizá por eso, al hablar de Saltillo como Ciudad del Rock, también debemos hablar de sus guardianes de la memoria. Entre ellos, la figura de Mario Aguirre Cabello merece un lugar especial: no solamente como conductor de Rock a través de los tiempos, sino como alguien que contribuyó a que el rock dejara de ser únicamente música para convertirse en parte de la historia cultural de nuestra ciudad.

Porque el rock no solamente se escucha: se vive, se recuerda y se hereda#.

Alberto Villegas Cabello


sábado, 22 de agosto de 2026

“Journey: un viaje de rock, nostalgia y esperanza”.

 

 


 

Hablar de Journey es hablar de una de esas bandas que lograron convertir el rock en una experiencia llena de energía, emoción y melodía. Surgida en San Francisco a principios de los años setenta, la agrupación comenzó su historia con músicos como Neal Schon y Gregg Rolie, quienes venían de una importante experiencia musical. En sus primeros años, Journey tuvo un sonido más cercano al rock progresivo y al jazz-rock, pero poco a poco fue encontrando una identidad propia. Su nombre resulta apropiado, porque la historia de la banda realmente ha sido un largo viaje musical, con diferentes integrantes, etapas y transformaciones, pero siempre conservando una esencia que la distingue.

Uno de los grandes momentos en la historia de Journey llegó con la incorporación de Steve Perry, cuya voz se convirtió en una de las grandes señas de identidad del grupo. Perry tenía una voz potente, clara y emotiva, capaz de interpretar tanto una canción de rock como una balada romántica. Junto a Neal Schon, cuya guitarra aportaba fuerza y personalidad, y músicos como Jonathan Cain, Ross Valory y Steve Smith, Journey encontró una de sus formaciones más recordadas. La combinación de estos talentos permitió crear canciones que tenían fuerza de estadio, pero también sensibilidad y cercanía.

El estilo musical de Journey puede definirse como rock melódico, arena rock y hard rock, aunque personalmente me gusta llamarlo un rock fresco. ¿Por qué fresco? Porque sus canciones tienen energía, pero no resultan pesadas; tienen guitarras poderosas, pero también melodías fáciles de recordar. Journey logró algo que no todas las bandas consiguen: hacer que el público pudiera disfrutar del rock, cantar sus canciones y sentirse identificado con ellas. Sus teclados, guitarras, coros y la voz de Steve Perry crearon un sonido elegante y reconocible. Era un rock que podía escucharse a todo volumen, pero también podía acompañar una tarde tranquila, un viaje por carretera o un momento de nostalgia.

Entre sus grandes éxitos encontramos canciones que ya forman parte de la historia del rock. “Don't Stop Believin'” se convirtió en un verdadero himno de esperanza y perseverancia. “Open Arms” y “Faithfully” mostraron el lado romántico de la banda, mientras que “Separate Ways”, “Any Way You Want It”, “Wheel in the Sky” y “Lights” demostraron su capacidad para crear canciones llenas de energía y personalidad. El álbum Escape, publicado en 1981, fue uno de los momentos más importantes de su carrera y consolidó a Journey como una de las grandes bandas del rock de su generación. Lo interesante es que muchas de estas canciones no se quedaron en su época: continúan siendo escuchadas y descubiertas por nuevas generaciones.

Pero quizá el mayor mérito de Journey está en haber demostrado que el rock también puede ser optimista. En una época en la que muchas bandas buscaban expresar rebeldía, oscuridad o inconformidad, Journey encontró otra manera de conectar con el público: hablar de los sueños, del amor, de los caminos que recorremos y de la necesidad de no rendirse. Su música tiene nostalgia, pero también esperanza. Tiene guitarras fuertes, pero también corazón. Por eso “Don't Stop Believin'” no es solamente una canción famosa; es una invitación a seguir creyendo cuando las cosas no salen como esperamos.

Journey también representa una época en la que escuchar un disco completo era una experiencia. Las portadas, las guitarras, los teclados, las voces y las grandes presentaciones en vivo formaban parte de una cultura musical que reunía a miles de personas. Su música fue hecha para los escenarios, pero también para la intimidad. Esa combinación explica por qué canciones como “Faithfully” pueden hacernos recordar una relación, mientras “Any Way You Want It” puede convertir cualquier reunión en una fiesta de rock.

Neal Schon merece una mención especial. Su guitarra es fundamental para entender el sonido de Journey. No se trata solamente de tocar rápido o demostrar virtuosismo; sus solos tienen melodía y sentimiento. Esa es precisamente una de las características que hacen especial a la banda: la técnica siempre está al servicio de la canción. Journey nunca perdió de vista que una gran canción necesita una melodía que pueda quedarse en la cabeza y, sobre todo, en el corazón.

Con el paso de los años, Journey ha tenido diferentes integrantes y distintas etapas, pero su música ha sobrevivido a los cambios. La banda ingresó al Rock & Roll Hall of Fame en 2017, reconocimiento que confirma la importancia que tuvo y sigue teniendo dentro de la historia del rock. Más allá de sus premios y reconocimientos, su verdadero legado está en el público que todavía canta sus canciones, en quienes descubren por primera vez “Don't Stop Believin'” y en quienes escuchan “Open Arms” después de muchos años y vuelven a sentir lo mismo.

En lo personal, escuchar Journey es recordar que el rock no tiene que ser complicado para ser profundo. Puede ser simplemente una buena guitarra, una gran voz, una melodía inolvidable y una historia que nos diga algo. Journey representa ese rock fresco que no envejece porque tiene emoción, energía y autenticidad. Es música para viajar, para recordar, para compartir con los amigos y, por qué no, para tomar un café mientras una vieja canción nos lleva de regreso a otra época.

Al final, Journey hace honor a su nombre: es un viaje. Un viaje por el rock, por la nostalgia, por el amor, por los sueños y por la esperanza. Y quizá por eso sus canciones siguen vivas. Porque mientras alguien vuelva a escuchar una guitarra de Neal Schon, la voz de Steve Perry y ese coro que nos invita a no dejar de creer,

" El Señor es mi Pastor, el Blues mi Religión, Haermanos el Blues sea con ustedes"JBR }