Hablar de Def Leppard es hablar de una banda que nació con la fuerza del rock británico, pero que con los años terminó convirtiéndose en algo mucho más grande: una historia de amistad, resistencia y fraternidad entre músicos que aprendieron que el escenario no solamente sirve para tocar fuerte, sino también para compartir emociones y acompañarse en los momentos difíciles. Originarios de Sheffield, Inglaterra, y surgidos a finales de los años setenta, Def Leppard formó parte de aquella generación de músicos que le dieron nueva vida al hard rock y al heavy metal. Desde sus primeros pasos estuvieron Joe Elliott en la voz, Rick Savage en el bajo, Pete Willis en la guitarra y Tony Kenning en la batería, incorporándose posteriormente Rick Allen y otros músicos que terminarían dando forma a la identidad definitiva de la banda.
Pero la historia de Def Leppard tiene algo que para la raza rockera resulta todavía más importante que sus discos: la manera en que sus integrantes estuvieron juntos cuando la vida les puso una prueba muy dura enfrente. Rick Allen, su baterista, sufrió en 1984 un terrible accidente automovilístico que le hizo perder el brazo izquierdo. Para muchos, aquello habría significado el final de una carrera musical. Sin embargo, Allen decidió regresar a la batería y, con el apoyo de sus compañeros, desarrolló una manera diferente de tocar. Y ahí aparece una enseñanza que va más allá del rock: cuando una persona cae, la verdadera amistad no consiste en darle la espalda, sino en buscar la manera de ayudarla a levantarse. Esa historia convirtió a Def Leppard en algo más que una banda; mostró que la fraternidad también puede ser una forma de resistencia.
Musicalmente, Def Leppard encontró una manera muy particular de hacer rock. Tenía guitarras pesadas, baterías contundentes y esa energía característica del heavy metal, pero también tenía melodías, armonías vocales y coros que podían ser cantados por miles de personas. Con Pyromania, en 1983, la banda comenzó a ocupar un lugar importante dentro del rock internacional, y posteriormente Hysteria, de 1987, terminó de convertirlos en una de las grandes agrupaciones del rock de estadio. Canciones como “Photograph”, “Rock of Ages”, “Foolin’”, “Pour Some Sugar on Me”, “Love Bites”, “Animal” y “Hysteria” se quedaron en la memoria de varias generaciones. Y eso es algo que nosotros, los que hemos vivido el rock, entendemos muy bien: hay canciones que no solamente se escuchan, sino que nos recuerdan una época, unos amigos, una reunión, una carretera, un amor o simplemente aquellos años en que la vida parecía tener otra velocidad.
Y hablando de la raza rockera, hay algo que siempre me ha llamado la atención: el rock, a pesar de su imagen rebelde, muchas veces ha sido un espacio de encuentro. En una tocada se juntan personas diferentes, con historias diferentes y maneras diferentes de pensar, pero durante unas horas todos pueden compartir una misma canción. Esa es una de las razones por las que considero que el rock también puede tener un mensaje pacifista. No necesitamos pensar igual para compartir una guitarra, un ritmo o un coro. Def Leppard representa justamente esa posibilidad de hacer de la música un punto de encuentro. Sus grandes canciones fueron hechas para cantarse juntos, y cuando miles de voces se unen en un concierto, desaparecen por un momento muchas de las diferencias que normalmente nos separan.
También está el legado de sus integrantes. Joe Elliott, con su característica voz; Rick Savage, sosteniendo las bases del bajo; Phil Collen y Vivian Campbell aportando el sonido de las guitarras; y Rick Allen, convertido en ejemplo de perseverancia detrás de la batería. A ellos se suma la memoria de Steve Clark, guitarrista fundamental de la etapa clásica de la banda, cuya muerte en 1991 marcó profundamente la historia del grupo. Def Leppard tuvo que aprender nuevamente que una banda, como cualquier familia o grupo de amigos, también atraviesa pérdidas. Sin embargo, continuaron haciendo música. Y continuar no significa olvidar a quienes ya no están; muchas veces significa llevar su memoria contigo y permitir que siga formando parte de la historia.
Por eso, cuando pienso en el aporte de Def Leppard al rock, no lo veo únicamente en sus millones de discos vendidos, en sus premios o en sus grandes escenarios. Su aportación también está en haber demostrado que la fuerza y la sensibilidad pueden caminar juntas. El rock puede tener guitarras poderosas y, al mismo tiempo, hablarle al corazón. Puede ser rebelde sin tener que ser violento. Puede cuestionar al mundo sin necesariamente destruirlo. Y puede reunir a personas diferentes alrededor de una misma pasión. Esa es, para mí, una de las mejores caras del rock: la que construye comunidad en lugar de levantar muros.
Def Leppard pertenece a esa generación que nos enseñó que el rock no es solamente volumen, guitarras y batería. El rock también es memoria, amistad, resistencia y fraternidad. Y quizá por eso, después de tantos años, cuando suena “Pour Some Sugar on Me”, “Photograph” o “Rock of Ages”, no solamente escuchamos a una banda inglesa de Sheffield. Escuchamos una parte de nuestra propia historia, porque cada generación de rockeros tiene sus canciones, sus lugares, sus amigos y sus recuerdos.
Al final, me quedo con una idea: el verdadero espíritu del rock no está en quién grita más fuerte, sino en quién permanece cuando los demás se van. Def Leppard me recuerda que una banda también puede ser una familia, que un compañero puede convertirse en fuerza cuando uno ya no la encuentra y que levantarse después de una caída también puede convertirse en música. Por eso, para mí, el rock nunca ha sido solamente rebeldía; también es fraternidad, memoria y una manera de decirle al mundo que podemos ser diferentes sin convertir nuestras diferencias en enemigos. Que suenen las guitarras, que golpee la batería y que cante la raza; pero que al final de cada canción quede algo más importante que el ruido: el respeto por el otro, la mano tendida al que cae y la voluntad de seguir caminando juntos. Porque mientras haya rock, habrá memoria; mientras haya fraternidad, habrá esperanza; y mientras tengamos la capacidad de escucharnos, todavía podremos construir un mundo donde la paz no sea solamente una canción, sino nuestra manera de vivir.
"El señor es mi pastor, el Blues mi religión.... Hermanos el Blues sea con Ustedes" JBR





