domingo, 27 de septiembre de 2026

Domingo, séptimo día de XEKS, LA voZ del tiempo.

 

Con Admiración al Matrimonio de la Sra Raquel y Don Jesús
López Castro, por un aniversario más de la XEKS

 

El domingo siempre ha tenido un sabor diferente. Es ese día en que la semana parece bajar el ritmo y la vida nos permite sentarnos un momento para escuchar nuestros propios pensamientos. En mi memoria, los domingos tienen una música especial, y esa música viene acompañada por   en el 104.9 del cuadrante  en FM, una estación que, a través de sus melodías de jazz e instrumental, sabía convertir las mañanas en un espacio de tranquilidad, recuerdos y reflexión. No era solamente prender la radio; era entrar en otro ambiente, uno donde el tiempo parecía caminar más despacio.

Había algo especial en escuchar XEKS los domingos. Mientras afuera comenzaba el movimiento de la ciudad, dentro de casa podía escucharse un saxofón, un piano, una trompeta o una orquesta interpretando esas melodías que no necesitaban palabras para decirnos algo. Era música para acompañar el café, para mirar por la ventana, para recordar a quienes habían pasado por nuestra vida y para pensar un poco en lo que estábamos haciendo con nuestros propios días. El jazz y la música instrumental tenían esa virtud de no imponer sentimientos: cada quien encontraba dentro de ellos su propia historia.

El domingo también era un día para la memoria. Quizá porque la tranquilidad nos permite recordar con mayor claridad. Las melodías deXEKS podían llevarnos muchos años atrás: a la familia, a los amigos, a las reuniones, a aquellos domingos que hoy parecen tan lejanos. Y entonces uno comprende que la radio no solamente transmitía música; transmitía momentos. Algunas canciones quedaron ligadas para siempre a una época de nuestra vida, y cuando volvemos a escucharlas, es como si una puerta se abriera nuevamente hacia el pasado.

Pero había algo más profundo en aquella música. El jazz nos enseñaba, sin decirlo, que la vida también puede ser improvisación. Que no todo tiene que estar perfectamente escrito y que, aun cuando las cosas cambian de rumbo, podemos encontrar una nueva melodía. Cada instrumento tenía su propio espacio, pero todos aprendían a escucharse. Quizá ahí encontramos una pequeña lección para nuestra propia convivencia: la armonía no significa que todos toquemos la misma nota, sino que aprendamos a respetar la nota del otro.

Por eso pienso que aquellos domingos de XEKS tenían también un mensaje de paz. En una época en la que muchas veces vivimos rodeados de ruido, discusiones y prisas, sentarse a escuchar música instrumental era una forma sencilla de recuperar la serenidad. No hacía falta tener grandes respuestas. Bastaba con dejar que la música llenara la habitación y permitiera que nuestros pensamientos encontraran su propio camino.

Hoy los domingos siguen llegando, pero muchas cosas han cambiado. La tecnología nos mantiene conectados permanentemente y el silencio parece haberse convertido en algo extraño. Sin embargo, todavía podemos recuperar aquel espíritu: apagar un poco el ruido, poner una buena melodía y permitirnos unos minutos de verdadera calma. Porque quizá eso era lo que XEKS nos regalaba: un espacio para escuchar música, pero también para escucharnos a nosotros mismos.

Y así entiendo el “Domingo, séptimo día de XEKS”: como una pausa en el camino. Un momento para agradecer lo vivido, recordar a quienes queremos, reconciliarnos con nuestros recuerdos y mirar hacia la nueva semana con un poco más de serenidad. Porque el domingo no solamente marca el final de una semana; también nos ofrece la oportunidad de comenzar otra con el corazón más tranquilo.

Y cuando el último acorde del jazz se pierde lentamente en el silencio, queda algo más que una canción: queda el recuerdo de un domingo, de una época y de una radio que nos enseñó que, a veces, la mejor manera de encontrar la paz es simplemente sentarnos, escuchar y dejar que la música nos acompañe

sábado, 26 de septiembre de 2026

DEF LEPPARD: CUANDO EL ROCK TAMBIÉN HABLA DE FRATERNIDAD


Hablar de Def Leppard es hablar de una banda que nació con la fuerza del rock británico, pero que con los años terminó convirtiéndose en algo mucho más grande: una historia de amistad, resistencia y fraternidad entre músicos que aprendieron que el escenario no solamente sirve para tocar fuerte, sino también para compartir emociones y acompañarse en los momentos difíciles. Originarios de Sheffield, Inglaterra, y surgidos a finales de los años setenta, Def Leppard formó parte de aquella generación de músicos que le dieron nueva vida al hard rock y al heavy metal. Desde sus primeros pasos estuvieron Joe Elliott en la voz, Rick Savage en el bajo, Pete Willis en la guitarra y Tony Kenning en la batería, incorporándose posteriormente Rick Allen y otros músicos que terminarían dando forma a la identidad definitiva de la banda.

Pero la historia de Def Leppard tiene algo que para la raza rockera resulta todavía más importante que sus discos: la manera en que sus integrantes estuvieron juntos cuando la vida les puso una prueba muy dura enfrente. Rick Allen, su baterista, sufrió en 1984 un terrible accidente automovilístico que le hizo perder el brazo izquierdo. Para muchos, aquello habría significado el final de una carrera musical. Sin embargo, Allen decidió regresar a la batería y, con el apoyo de sus compañeros, desarrolló una manera diferente de tocar. Y ahí aparece una enseñanza que va más allá del rock: cuando una persona cae, la verdadera amistad no consiste en darle la espalda, sino en buscar la manera de ayudarla a levantarse. Esa historia convirtió a Def Leppard en algo más que una banda; mostró que la fraternidad también puede ser una forma de resistencia.

Musicalmente, Def Leppard encontró una manera muy particular de hacer rock. Tenía guitarras pesadas, baterías contundentes y esa energía característica del heavy metal, pero también tenía melodías, armonías vocales y coros que podían ser cantados por miles de personas. Con Pyromania, en 1983, la banda comenzó a ocupar un lugar importante dentro del rock internacional, y posteriormente Hysteria, de 1987, terminó de convertirlos en una de las grandes agrupaciones del rock de estadio. Canciones como “Photograph”, “Rock of Ages”, “Foolin’”, “Pour Some Sugar on Me”, “Love Bites”, “Animal” y “Hysteria” se quedaron en la memoria de varias generaciones. Y eso es algo que nosotros, los que hemos vivido el rock, entendemos muy bien: hay canciones que no solamente se escuchan, sino que nos recuerdan una época, unos amigos, una reunión, una carretera, un amor o simplemente aquellos años en que la vida parecía tener otra velocidad.

Y hablando de la raza rockera, hay algo que siempre me ha llamado la atención: el rock, a pesar de su imagen rebelde, muchas veces ha sido un espacio de encuentro. En una tocada se juntan personas diferentes, con historias diferentes y maneras diferentes de pensar, pero durante unas horas todos pueden compartir una misma canción. Esa es una de las razones por las que considero que el rock también puede tener un mensaje pacifista. No necesitamos pensar igual para compartir una guitarra, un ritmo o un coro. Def Leppard representa justamente esa posibilidad de hacer de la música un punto de encuentro. Sus grandes canciones fueron hechas para cantarse juntos, y cuando miles de voces se unen en un concierto, desaparecen por un momento muchas de las diferencias que normalmente nos separan.

También está el legado de sus integrantes. Joe Elliott, con su característica voz; Rick Savage, sosteniendo las bases del bajo; Phil Collen y Vivian Campbell aportando el sonido de las guitarras; y Rick Allen, convertido en ejemplo de perseverancia detrás de la batería. A ellos se suma la memoria de Steve Clark, guitarrista fundamental de la etapa clásica de la banda, cuya muerte en 1991 marcó profundamente la historia del grupo. Def Leppard tuvo que aprender nuevamente que una banda, como cualquier familia o grupo de amigos, también atraviesa pérdidas. Sin embargo, continuaron haciendo música. Y continuar no significa olvidar a quienes ya no están; muchas veces significa llevar su memoria contigo y permitir que siga formando parte de la historia.

Por eso, cuando pienso en el aporte de Def Leppard al rock, no lo veo únicamente en sus millones de discos vendidos, en sus premios o en sus grandes escenarios. Su aportación también está en haber demostrado que la fuerza y la sensibilidad pueden caminar juntas. El rock puede tener guitarras poderosas y, al mismo tiempo, hablarle al corazón. Puede ser rebelde sin tener que ser violento. Puede cuestionar al mundo sin necesariamente destruirlo. Y puede reunir a personas diferentes alrededor de una misma pasión. Esa es, para mí, una de las mejores caras del rock: la que construye comunidad en lugar de levantar muros.

Def Leppard pertenece a esa generación que nos enseñó que el rock no es solamente volumen, guitarras y batería. El rock también es memoria, amistad, resistencia y fraternidad. Y quizá por eso, después de tantos años, cuando suena “Pour Some Sugar on Me”, “Photograph” o “Rock of Ages”, no solamente escuchamos a una banda inglesa de Sheffield. Escuchamos una parte de nuestra propia historia, porque cada generación de rockeros tiene sus canciones, sus lugares, sus amigos y sus recuerdos.

 Al final, me quedo con una idea: el verdadero espíritu del rock no está en quién grita más fuerte, sino en quién permanece cuando los demás se van. Def Leppard me recuerda que una banda también puede ser una familia, que un compañero puede convertirse en fuerza cuando uno ya no la encuentra y que levantarse después de una caída también puede convertirse en música. Por eso, para mí, el rock nunca ha sido solamente rebeldía; también es fraternidad, memoria y una manera de decirle al mundo que podemos ser diferentes sin convertir nuestras diferencias en enemigos. Que suenen las guitarras, que golpee la batería y que cante la raza; pero que al final de cada canción quede algo más importante que el ruido: el respeto por el otro, la mano tendida al que cae y la voluntad de seguir caminando juntos. Porque mientras haya rock, habrá memoria; mientras haya fraternidad, habrá esperanza; y mientras tengamos la capacidad de escucharnos, todavía podremos construir un mundo donde la paz no sea solamente una canción, sino nuestra manera de vivir.

"El señor es mi  pastor, el Blues mi religión.... Hermanos el Blues sea con Ustedes" JBR

viernes, 18 de septiembre de 2026

Rock a través de los tiempos: la memoria sonora de Saltillo

 


 

El rock no es solamente un género musical. Es una manera de entender una época, una forma de expresar inconformidad, libertad, amistad y rebeldía. Desde sus raíces en el blues, el rhythm and blues y el rock and roll, hasta las múltiples expresiones que hoy conocemos, el rock ha acompañado a varias generaciones y se ha convertido en parte de la memoria cultural de muchas ciudades. En Saltillo, esa historia también tiene sus propios protagonistas, sus lugares, sus voces y, sobre todo, quienes se han encargado de mantener viva la memoria de quienes hicieron del rock una forma de vida.

Hablar de Mario Aguirre Cabello es hablar precisamente de esa memoria. Su nombre está ligado a uno de los primeros espacios radiofónicos dedicados al género en Saltillo: “Rock a través de los tiempos”, programa que operó en Radio Tecnológico. La propia historia oficial de Radio Tecnológico señala que, desde sus primeras etapas, la estación abrió espacios para géneros populares y que el programa de rock de Mario Aguirre formó parte de esa construcción histórica.

El título “Rock a través de los tiempos” resulta particularmente significativo. No se trataba simplemente de transmitir canciones; era, de alguna manera, recorrer la historia de una música que había nacido varias décadas atrás y que continuaba transformándose. Desde Elvis Presley, Chuck Berry, Little Richard y Buddy Holly, pasando por The Beatles, The Rolling Stones, The Who, Led Zeppelin, Pink Floyd y Deep Purple, hasta llegar al rock progresivo, al hard rock, al heavy metal, al punk y posteriormente al rock en español, cada generación encontró en el rock una voz propia.

En México, el rock también adquirió una identidad particular. No fue únicamente una copia de los sonidos provenientes de Estados Unidos o Inglaterra. Con el tiempo aparecieron grupos y músicos que construyeron una expresión propia. El rock se convirtió en lenguaje juvenil, en espacio de encuentro y también en una forma de cuestionar las costumbres establecidas. Para quienes lo vivimos desde Saltillo, las canciones no solamente pertenecen a los discos: están asociadas a calles, edificios, estaciones de radio, amigos, cafés, bares y conversaciones que forman parte de nuestra propia historia.

Y ahí aparece la importancia de Mario Aguirre Cabello como cronista del rock saltillense. Si el cronista de una ciudad conserva la memoria de sus acontecimientos, también puede existir una especie de cronista de una cultura musical: alguien que conoce sus protagonistas, recuerda sus canciones, identifica sus épocas y conserva las historias que difícilmente aparecen en los libros oficiales. En ese sentido, llamar a Mario Aguirre “el cronista de la Ciudad del Rock en Saltillo” es reconocer una labor de memoria y difusión cultural.

Saltillo tiene una tradición importante de conservar su memoria. El Archivo Municipal, por ejemplo, mantiene publicaciones, documentos y una hemeroteca destinada precisamente a preservar testimonios de la vida de la ciudad. Pero la memoria de una ciudad no solamente está en los documentos oficiales. También está en las voces de quienes vivieron sus épocas. Está en una canción escuchada en una vieja radio, en el nombre de un grupo, en un concierto, en un lugar que ya desapareció o en aquella persona que nos enseñó a escuchar determinada música.

Por eso, cuando hablamos de rock a través de los tiempos, hablamos también de nosotros mismos. Cada generación tiene su propia banda sonora. Algunos crecieron con el rock and roll; otros con The Beatles y The Rolling Stones; otros con Led Zeppelin, Black Sabbath, Queen o Pink Floyd; algunos más descubrieron posteriormente el rock en español. Las canciones cambian, pero permanece algo fundamental: la capacidad del rock para reunir a personas diferentes alrededor de una misma emoción.

En Saltillo, esa historia merece ser contada. Y nombres como el de Mario Aguirre Cabello forman parte de ella porque ayudaron a que el rock tuviera un espacio, una voz y una memoria. La historia del rock no solamente está escrita en las portadas de los discos o en las biografías de las grandes estrellas internacionales. También está en quienes, desde una cabina de radio, una colección de discos o una conversación entre amigos, se dedicaron a compartirlo.

El rock atraviesa los tiempos porque las generaciones pasan, pero las canciones permanecen. Y mientras exista alguien dispuesto a recordar quién puso aquella canción, quién la transmitió, quién la escuchó por primera vez y qué significó para una generación, el rock seguirá teniendo memoria.

Quizá por eso, al hablar de Saltillo como Ciudad del Rock, también debemos hablar de sus guardianes de la memoria. Entre ellos, la figura de Mario Aguirre Cabello merece un lugar especial: no solamente como conductor de Rock a través de los tiempos, sino como alguien que contribuyó a que el rock dejara de ser únicamente música para convertirse en parte de la historia cultural de nuestra ciudad.

Porque el rock no solamente se escucha: se vive, se recuerda y se hereda#.

Alberto Villegas Cabello