sábado, 22 de agosto de 2026

“Journey: un viaje de rock, nostalgia y esperanza”.

 

 


 

Hablar de Journey es hablar de una de esas bandas que lograron convertir el rock en una experiencia llena de energía, emoción y melodía. Surgida en San Francisco a principios de los años setenta, la agrupación comenzó su historia con músicos como Neal Schon y Gregg Rolie, quienes venían de una importante experiencia musical. En sus primeros años, Journey tuvo un sonido más cercano al rock progresivo y al jazz-rock, pero poco a poco fue encontrando una identidad propia. Su nombre resulta apropiado, porque la historia de la banda realmente ha sido un largo viaje musical, con diferentes integrantes, etapas y transformaciones, pero siempre conservando una esencia que la distingue.

Uno de los grandes momentos en la historia de Journey llegó con la incorporación de Steve Perry, cuya voz se convirtió en una de las grandes señas de identidad del grupo. Perry tenía una voz potente, clara y emotiva, capaz de interpretar tanto una canción de rock como una balada romántica. Junto a Neal Schon, cuya guitarra aportaba fuerza y personalidad, y músicos como Jonathan Cain, Ross Valory y Steve Smith, Journey encontró una de sus formaciones más recordadas. La combinación de estos talentos permitió crear canciones que tenían fuerza de estadio, pero también sensibilidad y cercanía.

El estilo musical de Journey puede definirse como rock melódico, arena rock y hard rock, aunque personalmente me gusta llamarlo un rock fresco. ¿Por qué fresco? Porque sus canciones tienen energía, pero no resultan pesadas; tienen guitarras poderosas, pero también melodías fáciles de recordar. Journey logró algo que no todas las bandas consiguen: hacer que el público pudiera disfrutar del rock, cantar sus canciones y sentirse identificado con ellas. Sus teclados, guitarras, coros y la voz de Steve Perry crearon un sonido elegante y reconocible. Era un rock que podía escucharse a todo volumen, pero también podía acompañar una tarde tranquila, un viaje por carretera o un momento de nostalgia.

Entre sus grandes éxitos encontramos canciones que ya forman parte de la historia del rock. “Don't Stop Believin'” se convirtió en un verdadero himno de esperanza y perseverancia. “Open Arms” y “Faithfully” mostraron el lado romántico de la banda, mientras que “Separate Ways”, “Any Way You Want It”, “Wheel in the Sky” y “Lights” demostraron su capacidad para crear canciones llenas de energía y personalidad. El álbum Escape, publicado en 1981, fue uno de los momentos más importantes de su carrera y consolidó a Journey como una de las grandes bandas del rock de su generación. Lo interesante es que muchas de estas canciones no se quedaron en su época: continúan siendo escuchadas y descubiertas por nuevas generaciones.

Pero quizá el mayor mérito de Journey está en haber demostrado que el rock también puede ser optimista. En una época en la que muchas bandas buscaban expresar rebeldía, oscuridad o inconformidad, Journey encontró otra manera de conectar con el público: hablar de los sueños, del amor, de los caminos que recorremos y de la necesidad de no rendirse. Su música tiene nostalgia, pero también esperanza. Tiene guitarras fuertes, pero también corazón. Por eso “Don't Stop Believin'” no es solamente una canción famosa; es una invitación a seguir creyendo cuando las cosas no salen como esperamos.

Journey también representa una época en la que escuchar un disco completo era una experiencia. Las portadas, las guitarras, los teclados, las voces y las grandes presentaciones en vivo formaban parte de una cultura musical que reunía a miles de personas. Su música fue hecha para los escenarios, pero también para la intimidad. Esa combinación explica por qué canciones como “Faithfully” pueden hacernos recordar una relación, mientras “Any Way You Want It” puede convertir cualquier reunión en una fiesta de rock.

Neal Schon merece una mención especial. Su guitarra es fundamental para entender el sonido de Journey. No se trata solamente de tocar rápido o demostrar virtuosismo; sus solos tienen melodía y sentimiento. Esa es precisamente una de las características que hacen especial a la banda: la técnica siempre está al servicio de la canción. Journey nunca perdió de vista que una gran canción necesita una melodía que pueda quedarse en la cabeza y, sobre todo, en el corazón.

Con el paso de los años, Journey ha tenido diferentes integrantes y distintas etapas, pero su música ha sobrevivido a los cambios. La banda ingresó al Rock & Roll Hall of Fame en 2017, reconocimiento que confirma la importancia que tuvo y sigue teniendo dentro de la historia del rock. Más allá de sus premios y reconocimientos, su verdadero legado está en el público que todavía canta sus canciones, en quienes descubren por primera vez “Don't Stop Believin'” y en quienes escuchan “Open Arms” después de muchos años y vuelven a sentir lo mismo.

En lo personal, escuchar Journey es recordar que el rock no tiene que ser complicado para ser profundo. Puede ser simplemente una buena guitarra, una gran voz, una melodía inolvidable y una historia que nos diga algo. Journey representa ese rock fresco que no envejece porque tiene emoción, energía y autenticidad. Es música para viajar, para recordar, para compartir con los amigos y, por qué no, para tomar un café mientras una vieja canción nos lleva de regreso a otra época.

Al final, Journey hace honor a su nombre: es un viaje. Un viaje por el rock, por la nostalgia, por el amor, por los sueños y por la esperanza. Y quizá por eso sus canciones siguen vivas. Porque mientras alguien vuelva a escuchar una guitarra de Neal Schon, la voz de Steve Perry y ese coro que nos invita a no dejar de creer,

" El Señor es mi Pastor, el Blues mi Religión, Haermanos el Blues sea con ustedes"JBR }

 


 

domingo, 9 de agosto de 2026

Rod Stewart: lluvia, café y recuerdos de rock

 

 

 


 

Esta tarde de domingo la lluvia cae sobre Saltillo con esa melancolía que solamente tienen las tardes que parecen hechas para recordar. Suena “Passion”, de Rod Stewart, mientras tomo un buen café vespertino, y de pronto el tiempo se regresa. Me lleva al viejo Bar Dublín, en la calle de Zaragoza, dentro del edificio Purcell. Hay lugares que no desaparecen aunque cierren sus puertas; se quedan viviendo en nuestra memoria, acompañados por una canción, una voz, una copa o una conversación. Y hoy, con la lluvia golpeando las ventanas, Rod Stewart vuelve a ponerle música a aquellos recuerdos.

Rod Stewart es de Londres, Inglaterra, pero su música siempre pareció pertenecer a todas partes. Al rock le puso elegancia; al blues, sentimiento; al soul, pasión; y a las baladas, esa voz áspera y quebrada que parecía venir de una noche larga. No fue un cantante de laboratorio ni una voz fabricada para sonar perfecta. Rod Stewart cantaba como viven los verdaderos rockeros: con cicatrices, pasión y libertad. Su estilo recorrió el rock, el blues, el folk, el soul y el pop, pero nunca perdió su identidad.

Y entonces aparecen los clásicos: “Maggie May”, “Sailing”, “Da Ya Think I'm Sexy?”, “Tonight's the Night”, “You're in My Heart”, “I Don't Want to Talk About It”, “Young Turks”, “Forever Young” y “Passion”. Canciones que han acompañado generaciones y que, de alguna manera, tienen la extraña virtud de envejecer con nosotros. Porque uno escucha una canción a los veinte años y la entiende de una manera; vuelve a escucharla décadas después y descubre que la canción era la misma, pero uno ya no es el mismo.

Eso es lo maravilloso del rock. No solamente se escucha: se vive. Rod Stewart nos recuerda que también hay que saber disfrutar el camino, celebrar una noche, enamorarse, equivocarse, volver a empezar y brindar por los recuerdos. Su música tiene algo de carretera, de bar, de madrugada, de amor perdido y de juventud que se fue sin pedir permiso. Pero también tiene alegría. Porque incluso la nostalgia puede ser una forma de celebrar que estuvimos ahí.

Quizá por eso, después de tantos años, nadie ha podido superar el estilo de Rod Stewart. Podrán existir grandes voces, grandes músicos y extraordinarios intérpretes, pero esa combinación de rock, blues, soul, elegancia y actitud pertenece solamente a él. Rod Stewart no necesita demostrar que es una leyenda; basta con que suene una canción para que aparezca el recuerdo.

Y aquí estoy, en esta tarde lluviosa de domingo, con mi café, escuchando “Passion” y viajando sin moverme de mi silla. Regreso por un instante al Dublín, al edificio Purcell, a la calle Zaragoza y a aquellos años en que la música parecía tener más tiempo para nosotros.

Porque algunas canciones no envejecen. Envejecemos nosotros.

Y cuando vuelve a sonar Rod Stewart, el rock nos recuerda que todavía estamos vivos.

" El Señor es mi Pastos, el Blues mi Religión. Hermanos el Blues sea con ustedes" JBR