Entrar a la Librería Gandhi del centro comercial La Esfera no fue una simple visita en la ciudad de Monterrey, Nuevo León, fue un acto de olfato lector. Caminé como sabueso curioso, siguiendo el rastro invisible de los libros, dejándome llevar por el aroma del papel y la promesa de historias. Ahí dentro el tiempo se desacelera; la prisa se queda afuera y uno vuelve a caminar despacio, como quien sabe que va a encontrar algo, aunque no sepa exactamente qué.
Gandhi tiene historia, y se siente. No es solo una librería: es un espacio que desde sus orígenes apostó por el pensamiento libre, la lectura como acto cotidiano y la cultura como forma de resistencia pacífica. Sus frases provocadoras y su identidad irreverente han logrado algo poco común: que leer no parezca solemne, sino necesario, cercano y profundamente humano.
Recorrer sus anaqueles es iniciar un diálogo interior. Entre novelas, ensayos y crónicas aparecen también libros de cultura del rock y del blues, biografías de músicos, historias de acordes, rebeldías y silencios. Elegir un libro ahí no es una compra impulsiva, es una conversación con uno mismo, como encontrar un disco que suena distinto justo cuando más lo necesitas.
Uno de los grandes aciertos de Gandhi es su sala de lectura. Ese espacio que invita a hojear sin compromiso, a leer sin culpa, a sentarse un momento y dejar que el libro hable primero. Todo acompañado por la Radio Gandhi, donde suena un blues suave y fino, un jazz de café mediador y un rock pop variado que no distrae, sino que acompaña. La música no compite con la lectura, la abraza.
Al final, Gandhi no se queda en la tienda. El libro elegido viaja contigo y encuentra su lugar en ese rincón personal de casa: una silla, una mesa, una lámpara, un silencio propio. Ahí, la librería se transforma en hogar portátil y confirma algo esencial: leer sigue siendo una de las formas más íntimas y libres de habitar el mundo.
" El Señor es mi Pastor, el Blues mi religión, Hermanos..... el Blues sea con ustedes" JBR
Ser rockero no es solo una estética ni una pose desafiante ante el mundo; es una forma de estar en la vida. La rebeldía que caracteriza al rock nace como una respuesta consciente frente a la injusticia, la hipocresía y la imposición de modelos únicos de pensamiento. Por eso, el rockero no se rebela por capricho, sino por convicción. Su inconformidad es una manera de afirmar la libertad individual y la dignidad humana, no de negarlas en los demás.
Contrario a los prejuicios sociales, entre los rockeros existe un profundo respeto por sus semejantes. En conciertos, reuniones o simples charlas de banqueta, el rock ha sido históricamente un espacio de encuentro donde caben las diferencias. La diversidad de ideas, creencias y orígenes no divide: enriquece. El respeto se expresa en la lealtad, en la palabra cumplida y en la solidaridad silenciosa que muchas veces no se ve, pero se siente. La hermandad rockera entiende que nadie es más que nadie, porque todos cargan su propia historia y sus propias batallas.
Ser rockero tampoco equivale a ser un resentido social. La crítica que surge del rock no nace del odio, sino de la conciencia. Señalar lo que duele no significa desear la destrucción, sino anhelar el cambio. El rockero cuestiona porque piensa, protesta porque siente y alza la voz porque se niega a ser indiferente. Hay una diferencia profunda entre el resentimiento y la inconformidad creativa: el primero paraliza, el segundo transforma.
En el fondo, el rock es una ética antes que un género musical. Enseña a respetar sin someterse, a disentir sin deshumanizar y a caminar con firmeza sin pisotear a otros. Por ser rockero, se aprende que la verdadera rebeldía no está en destruir al prójimo, sino en construir identidad, comunidad y sentido, aun en un mundo que muchas veces no entiende el ruido de una guitarra, pero sí puede sentir la honestidad de quien la hace sonar.
Finalmente, es importante señalar que un verdadero rockero no necesita descalificar para afirmarse. El simulador del rock es aquel que, detrás de una pose rígida y excluyente, es incapaz de aceptar otras expresiones musicales y otras formas de pensamiento transformativo. Quien niega la diversidad traiciona el espíritu mismo del rock, que nació para romper moldes y ampliar horizontes, no para crear nuevos dogmas. El rock auténtico dialoga, escucha y evoluciona; entiende que la libertad que se exige para uno mismo debe también concederse a los demás. Solo así la rebeldía conserva su sentido y deja de ser una simple caricatura.
"El Señor es mi Pastor, Blues mi religión, Hermanos..... El blues sea con ustedes" JBR
El año termina como una canción que baja el volumen poco a poco, dejando ecos de nostalgia en el aire. El rock y el blues acompañan este cierre con melodías que miran hacia atrás sin miedo, recordándonos noches largas, caminos recorridos y emociones que solo la música sabe ordenar. Hay algo en el fin de año que suena a acorde menor: una mezcla de gratitud y melancolía que invita a detenerse y escuchar lo vivido.
Al hacer balance, aparecen lo bueno y lo malo como caras inseparables del mismo disco. Hubo días luminosos y otros que pesaron más de la cuenta, pero todos dejaron marca. Como cantaba Mecano, “no hay marcha en Nueva York” sin despedidas ni cambios, y entender eso ayuda a aceptar que cada final trae consigo una lección. Lo vivido no se borra: se transforma en experiencia, en memoria y en canción.
Entre errores y aciertos, también quedan abiertas las áreas de oportunidad para crecer. Cada tropiezo señala un camino nuevo, cada silencio invita a aprender a escucharse mejor. El rock siempre habló de caídas y levantadas, y el blues enseñó que del dolor puede nacer algo honesto. Crecer no es olvidar lo que dolió, sino usarlo como impulso para avanzar con más claridad.
En ese proceso, el rock y el blues se convierten en música de renovación. Sus acordes no solo recuerdan lo que fue, sino que empujan hacia lo que puede ser. Hay renovación cuando una guitarra vuelve a sonar, cuando una voz se anima otra vez a cantar. El nuevo año se anuncia como un escenario en blanco, listo para ser llenado con riffs, versos y nuevas intenciones.
Porque al final, el rock y el blues también son felicidad: la alegría simple de sentirse vivo, acompañado y en sintonía. Son celebración compartida, brindis sincero y esperanza amplificada. Que el 2026 llegue con más música, más unión y más motivos para sonreír. Feliz año nuevo, que siga sonando la vida al ritmo del rock y el blues.
"El Seños es mi Pasttor, el blues ni religión..... Hermanos el Bpues sea con Ustedes" JBR
La Navidad rockera no niega el nacimiento de la esperanza; la amplifica con guitarras eléctricas, silencios cargados de verdad y una actitud que se rehúsa a la hipocresía. Es una Navidad sin barniz, donde la fe no se susurra: se canta con voz rasgada, se vive con convicción y se defiende con coherencia. Aquí, el espíritu navideño no se mide por adornos perfectos, sino por la honestidad de mirar de frente nuestras sombras y decidir cambiar.
En esta noche, el pesebre no está hecho de porcelana: es madera gastada, amplificadores viejos y una mesa donde caben historias rotas que buscan redención. El rock —lenguaje de inconformidad— se convierte en plegaria cuando recuerda que la verdadera rebeldía es amar en un mundo que empuja al odio. La Navidad rockera no adormece conciencias; despierta. Nos recuerda que nacer de nuevo implica romper cadenas, cuestionar lo injusto y reconciliarnos con lo esencial.
Cristo, en esta escena, no es una figura distante: es el frontman del diálogo, el mediador que sube al escenario del corazón humano para pedir silencio y escucha. Su mensaje no compite con el ruido; lo atraviesa. Nos invita a bajar el volumen del ego y subir el de la compasión. La paz que propone no es tibia: es valiente, incómoda, transformadora. Es la paz que se gana cuando se elige el perdón como acto radical.
La Navidad rockera celebra la mesa compartida sin máscaras, el brindis que reconoce errores y la promesa de hacerlo mejor mañana. Es una noche para agradecer lo vivido, honrar las cicatrices y encender una luz que no parpadea ante la adversidad. Entre riffs y silencios, entendemos que el milagro no está en la perfección, sino en la decisión diaria de vivir con verdad.
Porque cuando la fe se toca con distorsión y la esperanza marca el ritmo, la Navidad no solo se recuerda: se vive. Y en ese compás, el rock se vuelve camino, la noche se vuelve clara y el corazón aprende a latir en paz
"El Señor es mi Pastor, el Blues mi religion, Hreamnso el VLues sea con ustedes" JB
Rock y fe: el regreso de Andanzas de un rockero y blusero
El rock y el blues nacieron como gritos del alma. Desde sus orígenes, ambos géneros han sido territorios de rebeldía, dolor, búsqueda y redención. En ese cruce profundo entre la experiencia humana y la necesidad de sentido aparece la fe, no siempre como dogma, sino como pregunta insistente. Andanzas representa ese regreso: el de un rockero y blusero que, después de recorrer excesos, escenarios y silencios, vuelve a mirar hacia adentro.
El rockero de Andanzas no reniega de su pasado. Al contrario, lo abraza. Cada riff y cada lamento de blues cargan historias de noches largas, carreteras polvorientas y pérdidas inevitables. Sin embargo, algo cambia: la fe ya no es un concepto ajeno ni una imposición externa, sino una experiencia que se filtra entre acordes. No es la fe perfecta del creyente disciplinado, sino la fe rota del músico que duda, cae y vuelve a levantarse.
El blues, con su raíz espiritual afroamericana, sirve como puente natural. Desde los spirituals hasta el gospel eléctrico, siempre hubo una conversación entre Dios y el dolor. En Andanzas, esa conversación se vuelve personal. El rockero habla con un Dios que escucha más de lo que juzga, un Dios que camina con él en lugar de esperarlo en el altar. La fe se vuelve camino, no destino.
Este regreso no significa domesticación. El rock sigue siendo áspero, incómodo, honesto. La fe no lo suaviza, lo profundiza. Las letras no predican; confiesan. La guitarra no sermonea; llora y celebra. En esa tensión entre distorsión y esperanza, Andanzas encuentra su identidad: un testimonio imperfecto pero verdadero.
Así, Andanzas no es solo el regreso de un músico o de una pluma extraviada a la fe, sino el regreso de la fe al territorio del rock y el blues, donde siempre perteneció: en la vida real, en la duda, en la lucha cotidiana por encontrar sentido sin dejar de ser uno mismo
"El Señor es mi Pastor: El blues mi religión.... Hermanos el Blues sea con Ustedes" JB
Estamos en la época mas hermosa del año para los que practicamos el cristianismo, por la simple sencilla razón de celebrar el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, no en un aspecto materia, como actualmente sea desvirtuado, sino el retomar sus valores de la paz y el amor al prójimo, hoy tan perdido por múltiples causas que se fomentan para tener una sociedad más dividida y envidiosa.
Es el momento de retomar otra vez el camino de la reconciliación con nuestra familiares, amistades, los compañeros del centro de trabajo, los vecinos entre otros. Me es triste escuchar a las personas de doble moral, que por un lado ayuda al prójimo y por el otro lado lo traicionan con el chisme y actitudes de fariseos, que ponen a todas luces la verdadera esencia mezquindad de la miseria de la gente, la cual ya perdió su calidad humana, que solo busca sembrar a toda costa la discordia de desunión en otras organizaciones.
Por eso, en los clanes rockeros esas actitudes no caben, en la esencia en su participación en la comunidad, así como de los movimientos sociales tienen una misión, tales como ejemplo en la lucha de los derechos civiles, sociales y humano, por otro lado en apoyar al desvalido en la desgracia física y espiritual, ambos aspectos han sido un momento clave de transformar el mundo y contribuir para mejorar el entorno en que vivimos.
Tal es el caso el festival de Woodsotock en 1969, el concierto de Bangladesh y Avandaro en México a principio de la década de los 70´s, y por último el Festival de Rock XEKS del año 2012 en Saltiyork. En donde los rockeros se unen en un solo fin de apoyar a los más necesitados, vamos y actúan desinteresadamente por la batalla a favor de un mundo mejor, alejado de la hipocresía social y el egocentrismo.
Cristo rockero, no vino a fin de estar con los burócratas de altar al mazo dando en una posada familiar, con el hecho de cultivar la discordia y la denigración al prójimo. En cambio, la esencia de Cristo en la navidad es el renacimiento de la persona con el objetivo de reconstruir los lazos familiares y de amistades con la finalidad de recuperar la necesidad básica del amor y el apoyo a los que más lo necesitan, en especial en lo espiritual, hoy por hoy una cualidad humana.
Por tal razón, al escuchar y interpretar la canción de "Christmas Time" del canta autor de nacionalidad canadiense Bryan Adams del año de a finales del año 1985, por lo cual invita a meditar la actuación de nosotros de desprendernos de lo material para centrarnos a dar amor, motivo por el cual se traduce los ideales en palabras de apoyo, el aportar bienes de consumos a fin de saciar el hambre , objetos para dar cobijo al más necesitado. En otras partes esta agradecido con el Señor a fin de regresar aquellas bendiciones dadas por él, a los más necesitados.
Para terminar, con el espíritu de un rockero y blusero el mejor presente que podemos dar con nuestras acciones es AMOR y PAZ.
El día de ayer, en las redes sociales y los portales de noticia se cimbro por la lamentable noticia sobre deceso de la cantante Marie Fredriksson del grupo de Roxxete. Al enterarme de la nota periodística, la reacción por los internautas fue un lamento general de un perdida de una verdadera rock start.
Ante esa sensación de dolor, la mayoría de los fans compartieron anécdotas de las canciones de Roxxete en la rutina de una vida diaria desde dirigirse a su centro de estudios, el incentivarse para hacer ejercicio en el gimnasio, también el hecho de un recuerdo amoroso de los tiempos de juventud, al estilo de aquella película del cine mexicano de Señor Don Simón.
Para el gusto de los que vivieron esa época o la vivimos, fuimos la ola del Pericles Enamorado, en donde el rock pop, se posiciono en su etapa más romántica, por ahí los comentarios sobre este lamentable hecho de la cantante Marie Fredriksson, que en cada canción era una pieza de lucha, por los motivos que ustedes saben, difíciles pero con valentía enfrento.
Por esta razón, me permito compartir el siguiente articulo, a mi pensar encierra la esencia de Marie Fredriksson, escrita por el especialista en rock Claudio Vergara
Descanse en Paz.
Por Claudio Vergara
Por eso algunos declaran que la muerte de Marie Fredriksson fractura un trozo de su pasado. Es la generación que vio en ellos una sacudida de energía y destello en días de colegio, casetes, tardes enteras al lado de la radio o esperando tu clip favorito un lejano sábado al mediodía.
Basta un ejercicio que tarda apenas un par de segundos. Si en Google buscas “discos de 1991”, la web te bombardea de inmediato con los álbumes mayúsculos de Nirvana, Red Hot Chili Peppers, R.E.M, Pearl Jam, Metallica, U2, Guns N’ Roses, Soundgarden y Los Tres.
Pero omite un detalle: 1991 también fue el año de Joyride, de Roxette. De hecho, vendió mucho más y algunas de sus canciones fueron bastante más populares que varios de esos discos publicados en esa misma temporada.
Pero el dúo sueco -que escribió su punto final con la muerte de su cantante Marie Fredriksson- siempre funcionó en un universo distinto. Eran artesanos de un pop luminoso, burbujeante, melódico, arrebatador, en clara contraposición al refugio más flagelante y gruñón que abrieron Kurt Cobain o Eddie Vedder. Hacían pop de finísimas y efectivas terminaciones –un estribillo que te sacudía en los primeros segundos, una canción que agrupaba todo en apenas tres minutos- en un momento en que ese concepto (pop) era casi una ofensa. Pocas veces una palabra tan breve sonó tan maldita.
Si te gustaba Roxette, te gustaba un producto azucarado y chicloso pensando para las grandes masas, un caramelo para masticar y no para reflexionar, un confite montado para las radios oficiales de la época –la Concierto y la Carolina- y cuyo nombre se repetía cada semana en Extra Jóvenes y Sábado Taquilla. Eran los tipos que triunfaban y estaban felices de lograrlo, a diferencia de los desgreñados de Seattle que, según recalcaban, tenían alergia contra el sistema.
Alto: Roxette también simbolizaba un atrevimiento. Poseían una cantante que explotaba cierto look andrógino y estilizado, lejos del exhibicionismo sexual, más épico que erótico, muy protagónico y que relegaba a un segundo plano a su compañero de banda, en días donde los estereotipos que se replicaban en los videoclips estaban mucho más cerca de Sabrina cantando Boys boys boys desde una piscina.
También habían logrado infiltrarse en un escenario creativo donde todo parecía tan áspero, tan grunge y alternativo. ¿Cómo lo lograron, siendo que lucían, se vestían y se peinaban como figuras aún de los 80?
Fácil, bajo el truco de las buenas bandas pop de esos años: empuñando guitarras y cubriendo con cierta cáscara rockera su fórmula infalible de coros y armonías adhesivas, tal como antes lo habían hecho otros, como The Cars o The B-52’s. Además de las tremendas canciones, eso también les permitió marcar distancia de otros golpes fugaces de fines de los 80, como Tiffany o Bananarama.
De hecho, estaban lejos de ser un mero chispazo de temporada, un producto aferrado a un solo hit: mirar algunos de sus discos es casi observar un compilado de grandes éxitos que no da tregua. Mientras en Look Sharp! (1988) aparecen The Look, Dressed for success, Chances, Dangerous y Listen to your heart, en Joyride (1991) desfilan la canción del mismo nombre, Spending my time, The Big L., Soul deep, Fading like a flower (every time you leave) y Church of your heart. Una locura.
Todos éxitos popularizados desde el dial FM y los programas de videos, parte además de discos que acumulaban millones de copias en ventas.
Por eso Roxette representa a una época en la historia de la música –y quizás de la vida cotidiana- que se ha ido desvaneciendo y que marcha hacia la extinción. Por eso hoy algunas personas han declarado sin exageración que la muerte de Marie Fredriksson fractura un trozo de su pasado. Es la generación que vio en ellos una sacudida de energía y destello en días de colegio, casetes, tardes enteras al lado de la radio o esperando tu videoclip favorito un lejano sábado al mediodía.